San Francisco abrazado al crucificado
Lienzo, hacia 1620. No menos importante es la pintura de su hijo, Juan Ribalta, con obras de gran impacto como la Santa Cena deudora de la ejecutada por su padre para el Colegio de Corpus Christi; o el majestuoso lienzo de los Preparativos para la crucifixión, firmado con dieciocho años de edad y pintado para el Monasterio de San Miguel de los Reyes, en el que manifiesta sus dotes naturalistas junto a unos violentos escorzos y claroscuros, que unidos a los cambios de escala acentúan la profundi
dad del espacio.Francisco Ribalta.
juan ribalta
De los restantes pintores ribaltescos, hay que mencionar a: Vicente Castelló, yerno de Francisco Ribalta, al que se le atribuye una bellísima Coronación de la Virgen por la Trinidad; Abdón Castañeda, menos refinado en sus pinceles, como se advierte en la Virgen con ángeles músicos. Muy curiosa es la personalidad de Gregorio Bausá, con un grandioso Apostolado con ciertos influjos de Orrente.
Tras los Ribalta, es Jerónimo Jacinto de Espinosa el pintor seiscentista mas importante en Valencia. Contemporáneo de los grandes pintores del barroco español (Zurbarán y Velázquez), su pintura es ejemplo vivo de un naturalismo áspero y crudo dotado de un profundo sentimiento religioso, como puede apreciarse en el Jesús niño de la Misa de San Pedro Pascual, y de una gran captación psicológica de las expresiones, como acontece en San Pedro Nolasco intercediendo por sus frailes enfermos, o al retratar al fraile dominico Fray Jerónimo Mos. También su fidelidad a la corriente contrarreformista se deja ver en lienzos como Ángeles dorando la Eucaristía, composición de gran predicamento iconográfico, o La Magdalenaç
,
Jerónimo Jacinto de Espinosa.Otro valenciano universal de la pintura barroca es el setabense José Ribera, quien desarrolló casi toda su producción artística en Nápoles. El Museo cuenta con un espléndido cuadro del Martirio de San Sebastián atendido por Santa Irene y una esclava, en el que desploma diagonalmente el apolíneo cuerpo del santo con un gran dominio del dibujo bajo un efecto de luz contrastada. Los filósofos Pitágoras y Heráclito son a su vez dos brillantes ejemplos de su personalísima interpretación del naturalismo a partir de una técnica empastada y vibrante ya en su fase de madurez.
Contemporáneos de Ribera en Valencia son los March. Tanto Esteban, el padre, cuya personalidad agitada traslada a sus dinámicos cuadros de batallas bíblicas, sobresaliendo Josué parando el sol, como su hijo Miguel, quien en San Roque socorriendo a los apestados concibe una composición dinámica y abierta a partir del entrecruzamiento de líneas diagonales.
josé de Ribera.
Pitágoras.
Lienzo, hacia 1630
Dentro de ese gusto por recrear con todo verismo los objetos, triunfan los cuadros de naturalezas muertas, bodegones, que en algunos casos, adoptan una significación simbólica, como acontece en las Alegorías de los sentidos, de Miguel March, cuatro lienzos pertenecientes, seguramente, a una serie más amplia. El más significativo de los bodegonistas valencianos será Thomas Yepes, con obras como Cazador dormido y Cazador bebiendo, y un excelente Bodegón con cerámica, típico de su modo de hacer basado en una cerámica decorada repleta de frutos en disposición simétrica bajo un efecto de trompe l´oeil.
Thomas Yepes.Bodegón con cerámica.
Lienzo, siglo XVII.
Por otra parte el Museo también cuenta con una selecta colección de pintura barroca española con nombres tan relevantes como: el murciano Pedro Orrente, que también trabajó en Valencia, con un estremecedor Martirio de Santiago el Menor, en el que el juego de luz y contraluz adquiere un protagonismo especial; el popular Bartolomé Esteban Murillo, está representado con un dulcificado San Agustín lavando los pies a Cristo, realizado para el convento de San Leandro en Sevilla, en el que encarna un tipo de devoción que se complace en lo agradable; el también andaluz Juan Valdés Leal, con un San Antonio de Padua y el Niño Jesús, en el que desdeña la belleza del conjunto y se interesa más por la expresión del santo; Alonso Cano, con el gran lienzo de San Vicente Ferrer predicando, donde triunfa el colorido claro y la pincelada suelta. De Juan de Pareja es un Retrato del arquitecto José Ratés Dalmau; del teórico pintor y fresquista Antonio Palomino, asentado en Valencia desde 1699, es La Iglesia militante y la Iglesia triunfante, una compleja composición alegórica que luego traducirá al fresco en la Iglesia de San Esteban de Salamanca. También la escuela madrileña está representada por el pintor de la corte de Felipe IV Francisco Fernández en un excelente cuadro de Saul atentando contra David, donde muestra una agitada composición deudora de Carducho y Jusepe Leonardo; y Antonio de Pereda, con una monumental Crucifixión. El soberbio Autorretrato de Diego Velázquez, obra señera del Museo, constituye en este grupo la pieza más sobresaliente.
Valerio Castello.Rapto de las Sabinas
Lienzo, hacia 1650.
De las escuelas internacionales del Barroco hay que mencionar la italiana, con figuras tan principales como: Luca Giordano, con el Martirio de San Bartolomé, en el que asimila la influencia de la pintura de José de Ribera; las pinturas mitológico decorativas de Valerio Castello, como el Rapto de las Sabinas en la que tanto el color como la técnica están al servicio del dinamismo conferido a la escena representada; el un tanto ecléctico Domenico Fiasella, con un decorativista Festín de Baltasar exponente del barroco genovés; Antonio Lazzarini, con un bello David vencedor; y Rutilio Manetti con el cuadro Loth y sus hijas, tratado como una escena de taberna a la manera caravagesca con efectos de luz.
Daniel Seghers.Guirnalda de flores con la Asunción de la Virgen.
Lienzo, siglo XVII.
Finalmente los cuadros flamencos de Daniel Seghers con dos características composiciones de Guirnalda de flores con la Asunción de la Virgen y Guirnalda de flores con el Noli me Tangere, que ejemplifican la estética y gusto ornamental del barroco; el holandés Matthias Stomer, cuyo San Sebastián atendido por Santa Irene y una esclava es un buen ejemplo del modo de hacer de los artistas denominados caravagistas nórdicos.
Otras piezas singulares son los curiosos Bodegón de crustáceos y Bodegón de ostras, de Onofrio Loth, cargados de virtuosismo técnico y exuberancia colorista; o los cuadritos flamencos de pequeño formato como Paisaje, de Jan Frans Bloemen, con impresionantes efectos lumínicos; Jan Pieters, y sus barcos en Naufragio; el círculo de Jan Josephs van Goyen, con una brumosa Marina con torre y barcas, en la que se conjugan las arquitecturas con grupos de personajes; y el Retrato ecuestre de D. Francisco de Moncada, Marqués de Aytona, atribuido a Anthon Van Dyck, claro ejemplo de cuadro de aparato, refinado y selecto, en el que consigue efectos de una extraordinaria distinción, colorido y brillantez, que lo sitúan muy próximo al que conserva el Museo del Louvre.
Sagrada Familia.
Lienzo, hacia 1760 - 1780. En primer lugar hay que reseñar la figura de José Vergara, padre y fundador de la Academia valenciana, cuya pintura refleja el gusto por las composiciones elegantes y amaneradas del mundo rococó, como el Retrato de Carlos IV, o la dulzura y sensibilidad con que aborda los temas religiosos en El Niño Jesús entre los Santos Juanes niños o la Sagrada Familia, en los que consigue transmitir un sentimiento más devoto. Otros pintores de este momento serán: José Camarón, dotado de una gran versatilidad para la pintura y el dibujo, desarrolla un arte caracterizado por el buen gusto neoclásico y un cierto recuerdo rococó en el colorido y la composición, como lo demuestra en su Arcángel San Gabriel; el que más tarde llegó a ser Director de la Academia de Bellas Artes de San Carlos en México, Rafael Ximeno y Planes, con un interesante San Sebastián, copia de la obra perdida de Ticiano, interpretado bajo la serenidad neoclásica; el fiel admirador de Mengs, Mariano Salvador Maella, que trabajó para el rey, con obras como Inmaculada, en la que rinde homenaje a Murillo; y Agustín Esteve Marqués, con un Manuel Godoy, fundador del Instituto Pestalozzi, en el que la influencia de Goya es más que evidente
Benito Espinós.
Florero.
Lienzo, 1783.
A finales de siglo, y como nexo de unión con el siguiente, la pintura academicista se circunscribe en torno a dos figuras: el valenciano Vicente López y el aragonés Francisco de Goya, dos genios que crearán en un mismo periodo de tiempo dos formas distintas de concebir la pintura.
Vicente López, fiel seguidor de la doctrina académica, desarrollará una pintura basada en el buen gusto, el preciosismo y la primacía del dibujo por encima de todo. Su producción se centra fundamentalmente en dos géneros: la pintura religiosa y el retrato. De la primera cabe destacar las composiciones marianas de la Virgen de la Misericordia y la Virgen de la Merced redentora de cautivos, cuyos personajes son retratos de la familia del pintor, o los pequeños cuadritos devocionales como El Corazón de Jesús adorado por ángeles o El Buen Pastor, en los que recurre a la iconografía tradicional. Pero donde realmente hace alarde de su calidad pictórica es en los retratos, en los que no sólo refleja fielmente la psicología del personaje, sino que lo arropa en su ambiente, como acontece con el Retrato del grabador Manuel Monfort Asensi, el Retrato del grabador Tomas López Enguidanos, y el Retrato de Vicente Blasco y García, Rector de la Universidad de Valencia , o el gran Retrato del General Ramón María de Narváez, Duque de Valencia, de tamaño natural y cuerpo entero, en el que destaca el preciosismo con que cuida los detalles. Su particular forma de pintar dejó una escuela fecunda en la obra de sus hijos Bernardo López Piquer, autor del Retrato de Isabel II o de San Pascual Bailón adorando la Eucaristía; o en las cuidadas obras de su otro vástago Luis López Piquer, quien en los retratos de Don Francisco Ignacio Montserrat y Doña Dolores Caldes de Montserrat, refleja con toda exactitud la calidad de las texturas.
Juego de niños. El paso.
Lienzo, hacia 1780.
Del panorama internacional destacar al decorador fresquista de formación napolitana Corrado Giaquinto, artista de gran estima y prestigio en la corte de Fernando VI, del que hay dos bocetos uno con la Adoración de los Pastores y otro con la Adoración de los Magos, en los que se traduce su sensibilidad rococó, al tiempo que influye en las nuevas generaciones.
Francisco Domingo Marqués.Un lance del siglo XVII.
Lienzo, mediados del siglo XIX.
Francisco Domingo Marqués es el iniciador de las audacias técnicas en la pintura decimonónica valenciana. De los cuadros que posee el Museo destacan aquellos de temática histórica como El Beato Juan de Ribera en la expulsión de los moriscos o los meramente anecdóticos como Lance en el siglo XVII, escena de mosqueteros que junto con las de tabernas y andaluzas de esquemas fáciles le granjearon el éxito. En los retratos reduce la paleta cromática y consigue unos matices de clara filiación goyesca visibles en el Retrato de Manuel Ruiz Zorrilla y en el Retrato de Carmen Cervera. Posiblemente sea su pintura religiosa la que mayor gloria le ha dado con obras de primer orden como Santa Clara y San Mariano, en las que se aprecia la necesidad que tiene el artista de beber de las fuentes barrocas de Ribera y Velázquez para transmitir la piedad en el siglo XIX.
Francisco Domingo Marqués.Santa Clara.
Lienzo, 1869.
Ignacio Pinazo Camarlench es posiblemente el más atrevido de todos, pues a través de sabias y oportunas manchas de color supo transferir a sus obras un aire inacabado, basado en la sugerencia, como se ve en el retrato de su hijo vestido de Monaguillo tocando la zambomba. Pero en realidad ese espíritu de libre pincelada lo que pretende es reflejar una constante en la pintura valenciana decimonónica como es la luz, así realizará cuadros como Interior de alquería valenciana, de la que llama poderosamente la atención el efecto lumínico del sol filtrándose por el jardín de la casa e inundando toda la estancia. Por otra parte destacan sus retratos en los que gusta ensuciar el color, empastar las formas y dejar como inconclusas sus obras, si bien es capaz, mejor que nadie, de reflejar la psicología del personaje, como acontece con el Retrato del Conde Guaki; pero no siempre tendrá ese resultado como se aprecia en el refinado Retrato de Teresa Martínez, esposa del pintor, o en su Autorretrato. Por otra parte, y muy significativos en su producción, son las pinturas de niños, como El guardavía, en el que refleja a un niño metido en el papel de jefe de estación ferroviaria. De las obras que el Museo expone actualmente llama la atención sus cuadritos de pequeño formato, pues es en ellos donde el artista deja sus mejores lecciones de pintura, como en Clase de dibujo, en el que consigue encuadrar una gran escena en un parco espacio pictórico; Figura femenina sentada, en la que rehusa el bocetismo para recrearse más en el detalle; o en cuadritos de género, como Rosa, en el que una simple flor es capaz de conmover por su suelto tratamiento pictórico, colorido y efectos lumínicos sobre los pétalos.
José Benlliure Gil.
El Tío José de Villar del Arzobispo.
Lienzo, 1919.
Una combinación que le dio muy buenos resultados fue la miscelánea de lo costumbrista y lo religioso, en obras tan celebradas como Oyendo misa (Rocafort), en el que reproduce el interior de una típica iglesia valenciana con sus feligreses participando de la Eucaristía, o Misa en la Ermita, donde retrata diversos tipos humanos en el interior de una ermita. Tampoco se mantuvo ajeno a los temas de monaguillos, un trasunto muy solicitado en la época, y que aquí se traduce en las picardías de dos jovencitos Monaguillos que juguetean con un incensario. También el retrato de personajes eclesiásticos, como Cardenal romano o Sacerdote revestido, a los que dota de un severo recogimiento. Otra faceta de Benlliure es aquella en la que recoge a personajes y lugares de su entorno familiar, es el caso de Retrato de María o Mi jardín, en los que transmite una pintura de gran frescura y colorido. Finalmente hay que mencionar su pintura religiosa de clara evocación fantástica y simbolista, reflejada en obras como La barca de Caronte, que responde a un misticismo que ronda lo fantasmagórico.
Joaquín Sorolla.Retrato de D. Amalio Gimeno.
Lienzo, 1919.
La temática más usual en Sorolla son las escenas marineras y costumbristas, de las que el Museo cuenta con escasa representación, al margen de dos pequeñas marinas del Puerto de Valencia y Playa de Valencia. Pescadoras, en las juega con unas sugestivas luces y sombras que contribuyen a hacer honor a la fama del pintor; respecto al otro tema, el de escenas costumbristas, destaca la obra en la que nos muestra a sus dos hijas configurando una Grupa valenciana, en la que consigue mayores audacias en el tratamiento del color. Por otra parte también hay obras de temática menos conocida, como la producción religiosa en La Virgen María, o las escenas bucólicas como La bacante, con la que se suma a los gustos orientalistas.
José Benlliure Gil.Oyendo misa (Rocafort).
Lienzo, siglo XIX.
Finalmente, y para terminar con estos cuatro ases de la pintura decimonónica valenciana, hay que mencionar a Joaquín Sorolla, el pintor más conocido internacionalmente por los efectos luminosos que aparecen en sus pinturas. De su etapa de formación se encuentran Academia del natural, Tres cabezas de estudio, y El niño de la bola, en los que ya apunta el que será su estilo personal y bien definido de pincelada individualizada. Dentro de su quehacer destacan los retratos que efectuó a diversas personalidades de la sociedad valenciana, demostrando en ellos sus excelentes dotes demostradas en el Retrato de D. Amalio Gimeno o el Retrato de José Luis Mariano Benlliure López de Arana, a los que transmite un aire novedoso y desenfadado.
Antonio Muñoz Degraín.Amor de madre.
Lienzo, 1912 - 1913.
Pero el panorama valenciano del siglo XIX va más allá de estos pintores, y se adentrará en el siglo XX sin grandes cambios, amparándose, la mayoría de las veces, en el prestigio y estela de los maestros anteriormente citados, manteniéndose ausentes de las transformaciones acaecidas en la pintura contemporánea española. En esta línea están representados Salvador Martínez Cubells con un cuadro de historia titulado La vuelta del torneo, o el gran lienzo de Enrique Martínez Cubells, que lleva por lema Trabajo descanso, familia; además de Joaquín Agrasot, cuyo atrevimiento le indujo a pintar un boceto de Desnudo de mujer, que le serviría para su Baco joven, en una época en la que predominaban las academias masculinas; o Emilio Sala Francés, que si bien en obras como el introspectivo Retrato de Doña Ana Colin y Perinat pone en evidencia su admiración por lo velazqueño, será en su Florista o en el Retrato de joven donde haga alarde del dominio del color y la factura rápida característica de la escuela valenciana, aunque bien atento a la norma.